Si me pongo no paro.
Visto esta noche en BCN:
Miles de camisetas de la selección española de fútbol. Gritos de gol, uys, locura y apoyo. Tías buenas. Abrazos enérgicos. Coches pitando. Más tías buenas.
Y los catalanes lo permiten. Qué vergüenza. Ya verás como se enteren por ahí..
¿Qué va a ser lo siguiente? ¿Jugadores catalanes sudando por la roja?
¿Y a quién van a odiar entonces los españoles?
Niño, mírame bien a ver si te quedan maricones, vascos, moros o socialistas.
Hace cuatro años Talkin’ Moderns se convirtió en una de las bandas revelaciones en el escaparate grunch-flamenco-pop.
La banda austrohungarocatalana ha recibido siempre muy buenas críticas en revistas especializadas como el BOE, AR o Don Balón. La próxima semana cumplirán uno de sus sueños y grabarán un concierto para Radio 3, que se emitirá en La 2 de TVE dentro de pocas semanas. Ahora publican ‘Are u talkin’ to moderns?’, su tercer álbum que algunos no han tardado en calificar como un nuevo hito gracias a la magnífica fusión de música, letra, compromiso con el oficio y talento desbordante.
Todos se preguntan quiénes son Talkin’ Moderns. Lo justo es que hagamos un breve repaso a sus biografías (de izquierda a derecha de la imagen):
Diego Armando Cobain compró su nombre en la ‘Feria de nombres de personajes que en su día fueron célebres’ y heredó el apellido de su ídolo y padre no reconocido Kurt Cobain. Tiene un acento argentino que vuelve locas a sus fans, pero hasta hoy nunca había salido de su Austria natal. Tiene el poder de ponerse el pelo moreno o rizado cuando quiera.
Steven Juárez, compositor de clásicos como ‘Two thousand dogs in L.A.’, ‘Leonor rugby’ y ‘Republican dead is all u need’. Su flequillo sintoniza la TDT y fuma Fortuna light porque no engorda. Se hace pajas con condón y, en lugar de tirarlos, los colecciona porque es un defensor extremo de la vida. Tiene el poder de ponerse rubio cuando quiera.
Jimmy Casademunt es el guitarrista de Talkin’ moderns. Fue elegido en un cásting entre más de ocho guitarristas y una ex-presentadora de O.T. Su capacidad de asombro ante el más mínimo detalle convierte a Jimmy en un sujeto tan inquietante como genuino. Le gusta hablar durante largas horas con las moscas de tú a tú, piensa que son animales con mucho mundo y que merecen más respeto. Tiene el poder de ponerse una peluca rubia del revés cuando quiera.
‘Are u talkin’ to moderns?’ está a la venta desde el pasado lunes. La edición en vinilo que incluye fotos, confesiones y comentarios ingeniosos de las groupies de Talkin’ Moderns ya está agotada.
..que no follas tan mal como haces los masajes,
si no me dolería otra cosa además del cuello.
Un programa de TV pasa a la historia por la cantidad de ‘momentos televisivos’ que suceden en él. Son escasos porque son tan maravillosos como difíciles de repetir. Un concurso no pasa a la historia si nunca da su gran premio, un reality no cumple su función si sus concursantes no se salen de lo previsible, un late night no traspasa la pantalla si no hace al espectador partícipe de su locura.
El ‘momento televisivo’ durante la entrevista en un late o un magacín es impagable y suele necesitar un guión abierto a fuertes dosis de improvisación , un cambio habilidoso en el estilo de realización, un presentador que finja querer mantener el orden del programa, uno o varios colaboradores que sepan animar el cotarro y, sobre todo, un entrevistado que deje a un lado sus vergüenzas y juegue a ser el punto principal de ebullición.
Claro que todo eso está chupado cuando el invitado es Jango Edwards, quien sabe de TV más que la propia TV. El ‘momento televisivo’ hace que el espectador se sienta orgulloso de estar sentado frente al aparato y afianza más el show en cuestión.
Aquí van dos buenos ejemplos de ‘momentos Jango’ : el primero tuvo lugar en el gran magacín ‘Nulle part ailleurs’ de Canal + Francia (en España se adaptó en 1995 con el nombre de ‘Lo + Plus’ ) y el segundo sucedió trece años después en ‘Buenafuente’ (nuestro late night por excelencia).
Mi éxito con las mujeres es como el de un programa nocturno de La 2:
tengo el reconocimiento de cierta minoría y la audiencia es insignificante.
Así que envejezco mirando La 1.
Crackòvia es uno de los mejores programas de todo el panorama televisivo. El hijo de Polònia ha crecido muy rápido y ha heredado el sentido del humor y las buenas maneras del padre.
Es una pena que un programa así sea impensable en la TV española. Mientras en Catalunya está más que normalizada la parodia del fútbol, la caverna madrileña no hace más que crear debates entre puntos y pelotas en cadenas infames y de pésimo gusto. Ojalá que el resto del país pudiese quitarse el lastre del seguidismo para aprender a reír primero de uno mismo y después de los demás.
No me gusta hablar de diferencias entre unos y otros aunque las haya y en ellas esté la gracia del asunto. Prefiero quedarme con lo que nos une porque es mucho más que lo que nos separa.
Pero a veces la manera de entender y hacer TV dice mucho de nosotros, de vosotros y de ellos.
Supongo que el primer disco que me compré del viejo de Minnesota fue uno de esos infames e injustos recopilatorios que las compañías sacan al mercado de higos a brevas para hacer caja a consta de sus músicos rentables.
Creo recordar que seguí comprando sus discos adictivamente como si fueran bolsas de arroz inflado del kiosko de la Toñi. Pero el dinero se acabó y tuve que recurrir a las malas artes en El Corte Inglés y otros lugares culturales. Guardo con sumo cuidado y cariño cuatro o cinco discos no oficiales y en directo que mangué en una tienda del Festival de Benicàssim hace ya unos siete u ocho años. Esos álbumes fueron los que realmente me engancharon (a su música, no al delito).
Con poco más de veinte años pensaba que jamás tendría la ocasión de ver a Dylan en directo y que esos discos serían lo más parecido a estar en uno de sus incomparables recitales. Y digo incomparables porque ninguno se parece al anterior. Bob Dylan ya no hace giras, vive en un tour imparable y transforma sus canciones hasta hacerlas irreconocibles: mezcla versos y melodías con una facilidad tan grande que no asusta, pero sí asombra. Escuchando a Bob se me eriza hasta la piel que me recubre los huevos.
En verano de 2004 se celebró un festival en Santiago de Compostela con motivo del Xacobeo. El cartel era insuperable: Iggy Pop, Massive Attack, Muse, Amaral, The Chemical Brothers, Lou Reed.. Y cómo no: the father Dylan. Esa era la mejor excusa de todas para cruzar el país. Había muchas otras y todas tenían el nombre de algún amigo dispuesto a vivir la aventura.
A lo que iba: no recuerdo con nitidez cómo fueron mis primeros acercamientos a Bob Dylan, pero sí los últimos a mis mujeres. Hasta hoy, su música y mis relaciones han sido inseparables.
Mi primer concierto lo viví bajo los efectos del amor. Mis labios luchaban por conservar el sabor madrileño de los suyos. Mis ojos estaban cargados con su energía. Mi cabeza sólo pensaba cómo sería un posible futuro a mitad de camino entre Burgos y la capital.
Bob salió al escenario y el sol todavía ocupaba una pequeña parcela en el cielo. Cada minuto de aquel concierto lo disfruté como si fuera el último: nada hacía indicar que semejante regalo de ochenta minutos podría volver a repetirse. Perdí la noción del espacio y a mis amigos de vista. De repente estaba rodeado de unos tipos vestidos de cowboy que trataban de adivinar el título de cada canción antes de que Bob cantase la primera estrofa.
Cuatro años después al bueno de Bob le dio por ir a Jaén y hacerme feliz durante un largo rato. Naturalmente el tiempo había pasado y ni Burgos ni la chica de Alcorcón habían querido formar tanta parte de mis días como yo esperaba. Pero otros lugares y otras gentes habían dado un vuelco espectacular a mi vida. Ese verano dejé atrás la mejor ciudad en la que he vivido (Granada) y traté de superar una profunda decepción amorosa de la que pensaba que nunca podría salir (y puede que lo siga pensando).
Pero ahí estaba Dylan con su sombrero, sus gafas oscuras y más sonriente que nunca bajo una carpa asfixiante situada en mitad de un océano de olivos y con un sol que azotaba desde fuera con todas sus ganas. Y ahí estaba yo acompañado de muchos y buenos amigos que se habían subido al carro a última hora gracias a un montón de entradas gratis que aparecieron ‘de la nada’.
Y Bob estuvo sublime. El sonido fue perfecto y su garganta arañó hasta el último rincón de mi angustia estival. El sudor era cómplice y la banda no era una banda sino cinco putos dioses venidos del más acá. Y mi sonrisa buscaba la de una pareja de buenos amigos que no se distanciaba de mí ni una baldosa, benditos sean.
Dylan (que ya es eterno) vino a salvarme de la Virgen de la Amargura, del éxodo de mi chipriota del alma, de mi destierro como ciudadano sonriente.
Han pasado seis años y un mundo desde mi primer concierto de Bob Dylan. Seis años suenan a muy poco, ya lo sé, pero lo cierto es que dan para mucho cuando el tiempo se dilata más que el ojete de Jorge Javier.
Esta noche es mi tercera vez (con el viejo Bob) y ahora entiendo por qué dicen que va la vencida: hoy no habrá ninguna mujer dando cacerolazos en mi corazón ni puñetazos en mi estómago. Hoy Dylan canta en Barcelona con cinco mil almas, tres lenguas y una sola boca.
Esta noche Bob es sólo mío. Así que aparta, maldita.
José Saramago es una de esas personas que no me hace sentir tan estúpido como realmente soy. Sus libros están escritos desde el respeto, el talento y una enorme sabiduría.
Daba igual lo que pusieran en TV o las voces femeninas que sonasen detrás de mi ventana: si tenía entre mis manos un libro de José, no existía nada alrededor. Todavía recuerdo como si fuese ayer la charla que nos daba a dos o tres centenares de personas en una facultad cualquiera de la Universidad de Granada.
Sólo su voz consigue distraer mi atención de sus textos. Es decir, sólo Saramago puede combatir contra Saramago. Y todas las batallas las ha ganado, menos la última. Y eso que ha estado a puntito de remontar.
José Saramago es el único autor capaz de transportarme por completo a todos los lugares donde he leído algunas de sus mejores obras. Un viaje en autobús de Puerto Montt a Santiago de Chile con Ensayo sobre la lucidez. Dos mañanas y dos tardes en las playas de Cabo de Gata con La balsa de piedra. Cuatro o cinco atardeceres en la Plaza de las Pasiegas de Granada con El hombre duplicado. Algunas tardes a finales de los noventa en la biblioteca de la UPM de Jaén con Ensayo sobre la ceguera mientras mi abuelo echaba un vistazo a la prensa del día.
Muito obrigado, José. Gracias por componer la banda sonora a lugares y momentos inolvidables para mí, por mandar al limbo los signos de puntuación, por llevar la dulzura hasta sus cotas más altas sin perder ese punto necesario de amargura que tanto me abriga.
Que viva San José de las dignas palabras. Y que se muera la muerte.
Andreu Buenafuente, Berto Romero y Ana Morgade
felicitan a los guionistas de BFN
por el premio que han recibido de la Academia de TV
al Mejor Guión para Programa de Entretenimiento.
(Montaje de Álvaro Carmona,
uno de los guionistas -y sin embargo reconocidos-)
Decir que Micah P. Hinson es un tipo raro resulta demasiado facilón, pero no deja de ser cierto. Teniendo en cuenta el miedo, el odio y el poco respeto que crean en el mundo los tipos que presiden su país, llamar ‘raro’ a este tío es un piropo que le hace justicia.
Si Bob Dylan o yo mismo (por buscar dos polos opuestos en cuanto a inteligencia) hubiésemos nacido en la misma ciudad que Elvis y al poco tiempo nuestros padres nos hubieran obligado a mudarnos al rancio estado del (hijo de) Bush, probablemente también habríamos acabado vendiendo el coche, la novia y hasta la banda de música para falsificar recetas y poder conseguir medicamentos.
Micah es yanqui, lo parece y es un gustazo que lo sea. La gente se ríe pensando que el tío está pillao de la cabeza, pero en realidad es él quien se ríe en nuestra puta cara tocando sus temazos y apretando fuerte su guitarra contra el pecho. Ver a este guiri paseando esta hermosa melodía por las calles de París es tan inquietante como escuchar a Bob Marley en el hilo musical de un Burger King.
La locura de Micah (se dice Maica, como una amiga mía) me hace dudar una y otra vez de nuestra supuesta cordura.
Leonard Cohen pertenece a esa diminuta lista de artistas gigantes que consiguen atraparme hasta hacerme olvidar cuál es el camino a casa o si llevo limpios los calzoncillos (factor espacio-temporal). Sus canciones ocupan lo largo y ancho de los últimos cuarenta y dos años de historia musical. Se dice pronto, sí, pero todos sabemos (o deberíamos saber) que conseguirlo requiere un tiempecito, algo de talento y mucho, muchísimo trabajo.
Seguramente yo me moriré y él se morirá sin habernos visto nunca en vivo (tremenda y agria sensación). Algo me dice que a él se la suda no verme entre el público. Yo por mi parte no puedo negarlo: lo llevo con rabia y resignación. Supongo que es el precio que tengo pagar por haber tenido la suerte de ver a tantísimos otros genios.
La evolución de sus cuerdas vocales, de sus melodías, de su puesta en escena..Todo lo que hace el tito Leonardo me huele a oro, y no al de los millones que gana sino al del tesoro que cada día siguen descubriendo mis oídos.
Insisto y me pongo pesado: MUJERES es una gran banda hecha desde algo pequeñito (sin barretinas espontáneas ni concursos de cantantes mediocres de por medio) para comerse el mundo empezando desde Barcelona.
Habré tenido la suerte de verlos dos o tres veces en directo, y siempre saben amoldarse bien a lo que hay. Sea el espacio que sea MUJERES consigue meterse al público en el bolsillo de su atmósfera. Y esto no es nada fácil: quien tocó lo sabe.
Pasear un día cualquiera por Barcelona significa correr el hermoso riesgo de encontrarte con cualquier cosa. Es cierto que a veces sólo son capulladas pseudoartísticas, pero muchas otras puedes tener la suerte de encontrarte con buena música, talento y saber hacer. Una buena prueba de ello son estos tres videoclips con estos tres temazos de estos cuatro tipos que se hacen pasar por Mujeres aunque todos sepamos que en realidad son (más o menos) buena gente.
Ya lo cantaba Jarabe de Palo hace unos años: ‘en lo puro no hay futuro, la pureza está en la mezcla’.
Fuel Fandango son un (di)vertido de funk, rock, electrónica e incluso flamenco sin más intención que hacernos gozar moviendo un poco el esqueleto. Fuel Fandango son uno de esos maravillosos fenómenos que tienen lugar cuando dos personas de lugares diferentes deciden juntar lo que saben hacer para ver qué sale. Fuel Fandango son una chica cordobesa tan delicada como cargada de buena mala leche y un conejero muy echao pa´lante que provoca un incendio de lo más varipointo con cada cuerda de su guitarra.
En tiempos de crisis todo el mundo estudia. Es igual que antes de la crisis pero ahora sin perspectivas de futuro.
Yo aspiro a conseguir un puesto fijo como SOLTERO. Dentro de nada tengo las oposiciones que tanto tiempo llevo preparando. Con cada repaso tengo la sensación de que todo me lo sé al dedillo. Es como si hubiera entrado en un maldito bucle. Ahora voy por el tema 24: ’La autocomplacencia al volver a casa solo’.
La verdad: ya estoy harto de tanto repasar. Quiero hacer el examen cuanto antes porque aspiro al mejor puesto. Sí, amigos, me veo más que capacitado para ser el soltero más soltero de todos los solteros. Me han dicho que cada año hay menos plazas y mucha más demanda. Tonterías. Yo no tengo miedo: llevo años preparándome a conciencia y en cuanto me saque el teórico la práctica va a ser pan comido.
Falta poco tiempo y no puedo andarme con chiquitas. ¿O sí?
Karmele y Jimmy Jump ‘cantan’ juntos en Sálvame. Belén Esteban cobra cien mil euros al mes. Jordi González presentará otro reality con Carmen Lomana.
En Intereconomía llaman ‘zorra repugnante’ a una consellera. Los premios de la Academia de la TV no interesan a nadie, ni siquiera a la propia TV.
En el desierto televisivo la arena es la estupidez que va cubriendo los pocos oasis que nos quedan: TVE retira ‘Pelotas’. La tele pública aumenta el paro, la privada la gilipollez.
Se cargan otra serie. Puerta a sus directores, actores, guionistas, cámaras, sonidistas, productores, ayudantes, auxiliares, maquilladores, atrezzistas, eléctricos y demás equipo técnico. Adiós a otro más que digno producto de ficción.
La TV va sobrada. Un aplauso.
Cuando comienza a escribir, el guionista se ve obligado a hacerse millones y millones de preguntas para saber hacia dónde quiere conducir la historia y si ésta se deja llevar por ese camino. En nuestro oficio manejamos una herramienta tan imprescindible como peligrosa a la que conocemos como los ysis.
Es muy difícil encontrar el momento en que los ysis tienen que dejar paso a los porques. Para encontrar unos buenos porques hay que plantearse cientos de ysis. Es decir: la finalidad máxima es encontrar respuestas a todas esas preguntas que, cargadas de maldad, buscan encontrar los puntos flacos de nuestro esqueleto. Respuestas que hagan de nuestro relato un viaje verosímil para el espectador.
En los últimos dos meses nuestra pizarra y nuestras conversaciones han estado llenas de ysis.
¿Y si Torres no es él sino ella? ¿Y si nos olvidamos de los suicidios? ¿Y si nunca los sacamos de la empresa? ¿Y si retrasamos un poco más este giro? ¿Y si enseñamos esto y escondemos lo otro? ¿Y si Isabel no es una trepa? ¿Y si pasamos de Flor porque sólo nos complica lo que no hay que complicar? ¿Y si los presentamos a todos en un día normal? ? ¿Y si hacemos trampa por aquí? ¿Y si a Lola no la violan? ¿Y si Carlos Castillo es más joven? ¿Y si el grupúsculo finalmente no consigue su objetivo? ¿Y si al final estaban todos muertos y todo era el viaje del protagonista hacia el más allá? (ah no, este ysi no es nuestro).
Vale, vale, no me miréis así, que ya me callo. Se acabaron los ysis y tenemos los porques. Menos preguntas, más respuestas. Y entre ustedes y yo: no están nada mal. Seguimos, equipo.