Quizá el nombre de Άννα Μαρία Καικιλία Σοφία Καλογεροπούλου resulte tan desconocido como ilegible para quienes no practican el griego (ni lo hablan). Muchos incluso creerán que si hablo de La Divina me estaré refiriendo a algún presentador de Telecinco. Pero nada que ver, sépanlo.
Para nombrar a Maria Callas es necesario primero que nos pongamos de pie. A continuación nos colocaremos correctamente la corbata, la minifalda o ambas cosas (allá cada uno) al tiempo que alzamos discretamente la vista para, acto seguido, abrir las ventanas de los oídos de par en par y dejarnos llevar al fin por la profunda magia de la soprano más grande que ha dado la Naturaleza al mundo en otra clara demostración de su intermitente sabiduría.
La mejor actriz de todos los tiempos sobre un escenario no recitaba los textos sino que los cantaba y los hacía tan carnales como inalcanzables. Jamás he visto una mujer tan extremadamente frágil y a la vez capaz de mantenerse tan firme y elegante para después hacernos levitar con la única energía de su voz. Claro que la Callas es la Ópera en todo su esplendor y su excelencia la eleva a la máxima potencia de la expresión humana. Inmensa.
Por eso ella es la única que podía cerrar esta colección. Y ahora, brindemos.
En 1969, mientras algunos rancios nacionalistas disfrazados de visionarios (pobres de ellos) auguraban un pobre futuro artístico a Joan Manuel Serrat por su más que justificado plantón a la cosa eurovisiva, el inconfundible cantautor del Poble Sec se mantenía al margen para dedicarse exclusivamente a lo suyo: escribir y cantar. O en este caso, a cuadrar los geniales textos del mismísimo Antonio Machado en unas melodías perfectamente trabajadas para hacerlas auténticas e inmortales obras maestras.
La canción que divide el disco Dedicado a Antonio Machado en dos lleva por título La saeta y no asumo ningún riesgo diciendo que está colocada entre las mejor cantadas a lo largo de la historia de la música en castellano - que no es corta -. Su letra y su música, insuperables, llevaron a La saeta a lo más alto del Olimpo musical mientras su intérprete, el genuino y superviviente Serrat, sigue llevando la contraria a aquellos visionarios a los que hoy ya nadie recuerda.
Como andaluz y sobre todo, como amante de la música, este que escribe se seguirá quitando el sombrero por los siglos de los siglos ante semejante exquisitez.
Me pongo enfermo cuando me preguntan esa cosa de cuál es mi disco favorito o cuál es la mejor canción de la historia. No sé por qué demonios tengo que elegir. Me parece que reducir la banda sonora de una vida a una sola canción o a un sólo disco implica no tener ni puta idea de música. Porque pienso, luego escucho. Y escucho, luego existo.
Los discos representan un instante único en la vida de cada persona. Las canciones pueden evocarnos el recuerdo de un olor, de un viaje, de una imagen congelada, de un abrazo triste o alegre, de un beso, de dos, de tres e incluso de un buen polvo cargado de pasión o de una sencilla sonrisa nacida del amor y la complicidad hacia esa persona. Una canción es capaz de todo con tal de alegrarte el día, de joderte la vida o, en resumidas cuentas, de provocarte las sensaciones más dulces y más amargas. Las canciones son unas hijas de puta a las que no podemos ni queremos dejar de pedir ayuda.
Por mi parte me niego a sacar las canciones de sus contextos, de todo eso que me recuerda dónde, cuándo o con quién la escuché y por qué me arañó el corazón. Si digo que Highway 61 Revisited sigue siendo uno de mis discos favoritos es porque todavía me acuerdo de las casi mil pesetas que me costó el cassette en la tienda Tipo de Jaén y de comprarlo sólo porque me gustaba la portada.
Tenía 13 años y no podía parar de escuchar a Bob Dylan en mi walkman fuera a donde fuera. Hoy sigue resonando en mis oídos sin necesidad de auriculares. Si Like a rolling stone sigue siendo una de las canciones que más influyen en otros artistas cómo no iba a hacerlo en ese chaval de apenas trece años… Y en este de veintiocho.
Resulta que la discográfica de Bob Dylan elimina casi a diario todos los vídeos del artista que se cuelgan en internet sin autorización expresa. Manías de un Dylan que anda muy chinchoso con sus derechos de imagen (manía absolutamente legítima, que conste en acta). Así que el número 3 de esta serie habrá que imaginarlo o, simplemente, escucharlo en sus discos. Cosa que, por otra parte, siempre es un placer.
Quien me conoce bien sabe que dos de mis debilidades son escuchar música en la carretera y enchufarme a The Doors a toda castaña. Lo mejor de todo es que ambas son perfecta y necesariamente compatibles si el piloto lo permite.
El primer álbum de la banda californiana -titulado de forma homónima- contiene once auténticos homenajes a la música destinados exclusivamente al gozo de los oídos, los pulmones y los cojones del alma: desde Break on through hasta The End pasando por Alabama Song, la celebérrima Light my fire o la que aquí nos ocupa: Back Door Man, una de las dos piezas que no fueron compuestas por su virtuoso y excéntrico vocalista Jim Morrison.
Si The Doors pasa a la historia será, entre otras cosas, por hacer de cada uno de sus recitales toda una orgía melódica para los sentidos y una fiesta absolutamente imprevisible donde tenía lugar la demostración más sobrada de talento que se haya visto jamás sobre un escenario. Pura magia, tremenda exhibición y derroche sin igual.
Corría el año 1965 cuando ese animal de los escenarios llamado Mick Jagger compuso una letra escandalosamente irónica y cínica para convertir una de las mejores piezas musicales jamás escritas (cuyo principal responsable, Keith Richards, es además uno de los diez o quince mejores guitarristas de la historia) en todo un himno primero generacional y después universal.
Nadie puede discutir que ’cause i try, and i try, and i try and i try…’ tiene todas las de ganar como el estribillo más pegadizo e inteligente de todas las canciones. Es por eso (y por cientos de aciertos musicales más conseguidos en una larguísima trayectoria) que The Rolling Stones se han ganado el cielo o, mejor dicho, el infierno que tanto predican.
No sabemos a ciencia cierta qué hace a una canción perfecta, pero está claro que si eres capaz de reconocerla en sólo dos segundos después de cuarenta y cinco años, es que está muy cerca de serla. Y (I can’t get no) Satisfaction lo está, vaya si lo está.
Nadie ha ejercido jamás el oficio de cantante con el mismo respeto y la absoluta dedicación que Raphael. El artista más imitado, venerado y aplaudido por quienes lo disfrutan con viveza y sin complejos. El más odiado por quienes cargan con el pesadísimo lastre de una ignorancia pseudomoderna tan patética, rancia, avinagrada y cancerígena que los arrastra hasta las profundidades más oscuras e ingratas de aquel que siente orgullo por sus prejuicios.
En 1966 (hace la friolera de 42 años, a ver quién se le pone farruco) Raphael fue elegido para representar a España en Eurovisión, ese Festival de la Canción en el que ahora la canción es lo que menos importa. El de Linares llegó e interpretó con absoluta contundencia y maestría Yo soy aquel, un tema espectacular compuesto por el jerezano de oro Manuel Alejandro.
Por suerte nada (el tiempo o la enfermedad) ni nadie (los acomplejados) ha conseguido apagar todavía su voz y su carisma en los estudios de grabación o sobre el escenario. Más bien al contrario ya que cada año además de grabar al menos un disco – siempre extenso porque así es él, incansable – realiza más y mejores recitales en giras afortunadamente interminables.
Si España le debe algo a alguien en esto de la música, al primero que tenemos que poner en la lista es a Raphael. El internacional, el atrevido, el perfeccionista, el incombustible, ese que tiene la llave de todos los teatros, auditorios y plazas de toros: el Cantante por excelencia.
Entre todas las versiones de Fly me to the moon (escrita en 1954 por el pianista Bart Howard con el título de In other words) podríamos destacar las realizadas por artistas tan dispares como Paul Anka, Ella Fitzgerald, Diana Krall e incluso la de Michael Bublé. Sin embargo la versión de todas las versiones, la más redonda e inconmensurable no podía ser otra que la de su majestad Frank Sinatra.
Y es que La Voz grabó en 1964 junto a Count Basie y su orquesta una pieza tan dulce y optimista que, más que rayar la perfección, la pasa hasta tener que girar el cuello para adivinarla de lejos. Tengo que confesarles algo: cuando era adolescente y quedaban cinco minutos para salir de clase, en mi cabeza no podía dejar de tararear esta canción.
El mayor éxito de la intensa carrera musical de The Man in Black dura poco menos de dos minutos. Y es que el intemporal Johnny Cash supo aplicar como pocos y a la perfección una regla difícil de acometer: más vale un minuto perfecto que cinco irregulares. Eso sí: gran parte de culpa de que Ring of fire (un tema tan pequeñito por su duración como perfecto en su factura) sea considerada por algunos como la mejor canción country de todos los tiempos la tienen su querida June Carter y el productor y cantante country Merle Kilgore, partes imprescindibles en el proceso de composición.
La buena de June contaba en cierta ocasión que ella escribió la letra para salvar a Johnny, al que veía cada vez más rendido al efecto de las anfetaminas y el alcohol. Desde luego no se puede decir que no lograra el efecto deseado en el introvertido Cash, ya que este cambió radicalmente hasta el punto de atreverse a pedir la mano de June sobre el escenario. Así que sí: a veces la música no sólo sana, sino que también salva.
La canción de amor por excelencia se titula Ne me quitte pas (No me dejes, en castellano). Y su autor, Jacques Brel, la escribió metiéndose en el pellejo de un pobre hombre que promete el oro y el moro a su pareja para que ésta no lo abandone. Algo que resulta de lo más irónico teniendo en cuenta que fue él mismo quien decidió poner fin a la relación con su mujer muy poco antes de sentarse frente al papel en blanco.
Pero tal vez el ‘mérito’ del belga fue ponerse en el lugar de la persona a la que hizo sufrir para, acto seguido, escribir la canción más arrebatadora de todos los tiempos e interpretarla como nadie ha podido hacerlo después en las casi doscientas versiones polilingüísticas (de Charles Aznavour a Ray Charles pasando por Paco Ibáñez y Mikel Laboa, de Frank Sinatra a Tom Jones pasando por Sting y David Bowie, de Shirley Bassey a Estrella Morente pasando por Edith Piaf y la mismísima Marléne Dietrich) que se han grabado a lo largo de la historia.
A The Beatles siempre les recordaremos por sus aciertos (que es lo justo, porque son muchísimos e impagables) pero nunca por sus errores. Y quizá uno de los más graves que cometieron fue elegir a Ringo Starr como vocalista para grabar With a little help from my friends, otra grandísima canción escrita a cuatro manos entre John Lennon y Paul McCartney. Y digo error porque si la voz principal hubiese sido cualquier otra de las tres, seguramente ahora contaríamos con una joya más dentro del ya brillante repertorio de la banda británica.
Claro que de un error siempre se puede sacar partido. Y si no que se lo digan a Joe Cocker, ese británico de carácter cercano capaz de convertir en inolvidable todo lo que pase por el filtro de su voz. Y eso que Joe no es precisamente de los que utiliza papel de calco a la hora de hacer versiones. Todo lo contrario: usando un compás más lento, colocando una larga introducción musical al inicio y empleando un tono mucho más suave e íntimo fue capaz de darle la personalidad que la canción necesitaba y que sus autores no acertaron a darle un año antes (ni siquiera se acercaron).
Para colmo, With a little help from my friends salió nuevamente reforzada veinte años después al ser elegida para abrir cada capítulo de The Wonder Years, convirtiéndose en un himno para todas las generaciones que tanto disfrutamos con aquella célebre serie.
La música es magia: quizá sea esta la única explicación para el caso de Respect.
Y es que mientras el Rey del Soul, Otis Redding, componía esta canción y la bordaba en 1965 no se le pudo pasar por la cabeza que sólo dos años después llegaría la Reina del Soul, Aretha Franklin, para darle la vuelta por completo y subirle más de una revolución hasta perfeccionarla y convertirla en una pieza de museo feroz y desgarradora.
Aretha es un huracán sobre el escenario que arrasa con la quietud y la pasividad del espectador más soso de este puto planeta. Del mismo modo que el Sock it to me que entonan al unísono y casi sin aliento Aretha y sus coristas es el canto más irónico, sutil y sobre todo efectivo que se puede hacer ya no contra la violencia mal llamada de género, sino contra todas sus formas de expresión.
En marzo de 1966 Brian Wilson y Mike Love escribieron una primera versión de Good Vibrations para incluirla en el álbum Pet Sounds, pero finalmente la descartaron porque no estaban muy convencidos de que fuera a encajar en éste. Además Brian insistía en que esta canción merecía salir como sencillo ‘para que cualquier persona pudiera echársela al bolsillo siempre que quisiera’.
Good Vibrations necesitó mil y un repasos hasta su grabación final, la cual se realizó en diferentes estudios durante la friolera de seis meses hasta conseguir que todavía hoy se siga teniendo en cuenta como una de las canciones más caras que se hayan producido jamás.
Claro que, visto el resultado (una pieza que desborda energía, vitalidad y frescura por los cuatro costados), a ver quién es el guapo que se atreve a protestarle algo a los mozos californianos de The Beach Boys.
Hija de un nigeriano y una inglesa, la galesa Shirley Bassey posee una voz cuya potencia traspasa el alma de cualquiera que preste su oído, su tiempo y su atención a disfrutarla.
Tratar de contener las emociones con su This is my life por miedo a parecer cursi no es sólo una auténtica pérdida de tiempo - además de un ejercicio humanamente absurdo, estúpido y pobre -, sino también una forma cruel de corromper el verdadero y primitivo espíritu de la Canción.
Damas y caballeros, la enorme y conmovedora Shirley Bassey.
Eric Burdon – líder y vocalista The Animals - dijo en 1965 que aunque la canción Don’t let me be misunderstood (compuesta muy poco antes por Bennie Benjamin, Gloria Caldwell y Sol Marcus e inmortalizada por la dulce voz de Nina Simone) no estaba pensada como material pop, le había sido imposible resistir la tentación de reconvertirla junto a su banda al blues rock utilizando el órgano y la guitarra eléctrica.
Los primeros versos de la versión de Simone eran recitados, pero el británico prefirió grabar la canción poniendo música desde el inicio de la letra. Sin embargo muchos años después, en los directos de The Animals, Burdon decidió recuperar la versión original y recitar nuevamente esos versos en homenaje a la pianista.
Thelonious Monk tocó por primera vez su ‘Round midnight en 1944. Sin embargo el talentoso pianista la compuso ocho años antes cuando apenas tenía los diecinueve recién cumpliditos.
Es cierto que la canción tomó más fama cuando la grabó con Miles Davis en 1957 y que es la pieza de jazz más veces versionada de la historia (aparece en unos mil álbumes aproximadamente), pero no me negarán que en la primera versión de Monk se respira auténtica pasión por los poros de cada instrumento. Y si no, fíjense cómo sonaba de fresca veintidós años después de su primera grabación.
El Patio es uno de los discos más descarados, valientes y atemporales de la historia de la música universal. Que nadie se alarme, pero pienso que nada tuvieron que envidiar en su día Jesús de la Rosa (compositor algo más que prodigioso) y sus chicos de Triana a grupos como Queen o Pink Floyd, que todavía no habían publicado sus Bohemian Rhapsody y The wall respectivamente.
Y dentro de El Patio, o mejor dicho, iniciando semejante catedral armónica nos encontramos con Abre la puerta, tal vez la canción más intrépida y arriesgada que he escuchado jamás. Me resulta imposible escuchar esta canción sin sentir cómo un tremendo escalofrío recorre mi cuerpo de punta a punta pasando por todas las puntas posibles por descubrir.
En 1977 la NASA mandó al espacio la sonda Voyager I acompañada de un gramófono y un álbum llamado Sound of Earth. En él se incluyeron algunos de los sonidos más relevantes de la vida terrícola hasta el momento, como la Quinta Sinfonía de Beethoven, el Concierto de Brandemburgo Nº 2 de Bach o el gran temazo Johnny B. Goode, escrita en 1958 por el enérgico y talentoso Chuck Berry a modo de ligera autobiografía. El guitarrista de Misouri narra y musica como nadie el viejo sueño americano: chico pobre de campo desea convertirse en estrella tocando la guitarra.
La idea - tan estudiada como descabellada - de enviar un gramófono y un álbum al espacio pasa básicamente por tener fe en que algún día un extraterrestre encontrará el regalito, lo abrirá, pondrá el disco de forma correcta, escuchará dichos códigos melódicos y, de puto milagro, tal vez conseguirá entender algo de eso que ha llegado a su domicilio sin la visita previa del Círculo de Lectores.
Pero lo importante es el detalle.
Si tuviésemos que discutir cuál es la mejor balada de todos los tiempos (otra discusión estúpida) no cabría ninguna duda que Your song seguiría estando entre las principales candidatas cuarenta años después de su grabación. Del mismo modo, todos estaríamos más o menos de acuerdo en que su compositor, Elton John, sería uno de los que más y mejores canciones colocaría dentro de dicha disputa.
En 1970 este excelente músico londinense titulaba de forma homónima su segundo álbum compuesto al alimón con su eterno compañero (primero sentimental, después profesional) Bernie Taupin. El primero de los diez cortes fue, es y seguirá siendo por los siglos de los siglos una de las piezas melódicas y líricas más hermosas que llegarán jamás a nuestros oídos.
El tejano Trini López debería estar echándose una cabezadita en su hamaca después de tanto trajín.
Y es que el bueno de Trini, a sus 73 años, ha pasado más de cuarenta dando tumbos de aquí para allá con su guitarra a cuestas. Y no cualquier guitarra, sino alguna de las dos Gibson que la propia marca diseñó exclusivamente para él gracias a la popularidad obtenida con su primer álbum grabado en vivo, y especialmente con la que sigue siendo la mejor versión de la mítica y popular If I had a hammer, compuesta por Pete Seeger y Lee Hays en 1949 con el fin de apoyar al movimiento progresista de la época.
Dos notas: una, cualquier parecido entre el estilo de Fito y Fitipaldis y el de Trini López no debería ser fruto de la casualidad, y dos, atentos a la terrible falta de sincronía de los blanquitos yanquis a la hora de dar palmas.
Aprovechando que quedan poco más de veinte días para que acabe el primer año de esta nueva década (bueno, en realidad no tiene nada que ver) me dispongo a compartir con todos ustedes 20 grandes canciones cuyas imágenes están grabadas en nuestra retina (o creo que deberían estarlo, si me permiten la licencia) en perfecto blanco y negro.
Inaugurando la sección (y haciéndolo hacia atrás, para ser lo menos original posible), he pensado que nadie mejor que la grandiosa Judy Garland para presentar a Mel Tormé, uno de los más importantes jazz singers (además de compositor, arreglista, escritor, actor y dios sabe qué más) de la historia de la música interpretando en TV la siempre contagiosa y coqueta Comin’ Home Baby.
Mañana más.