24 Canciones a 24 Fotogramas / Nº 7

No hay crítico ni público que se le resista a Quentin Tarantino. Muchos insisten en que es un pillao de la vida, un friki. Es más que posible. Pero de lo que estoy completamente seguro es que hablar de Tarantino es hacerlo de uno de los directores más inteligentes, cultos y apasionados que habitan en la actual industria cinematográfica norteamericana.

Quien más y quien menos ha disfrutado con algunas de sus escenas. Algunos incluso lo hemos hecho con toda su filmografía. A mí siempre me recuerda por qué me gusta el cine. Quentin sabe bien qué quiere enseñar porque ya lo ha visto hecho en otra parte antes. Después sólo necesita tiempo para encontrar la vuelta de tuerca exacta que lleve la historia a donde a él más le gusta. Y la encuentra, siempre la encuentra. Porque su gran mérito no es haberse empachado de cine, sino haberlo sabido digerir y asimilar para después reconstruirlo a su manera.

A quienes nos gusta el ejercicio del cine nos resulta imposible ver sus películas una sola vez. Pocas cosas divierten tanto como reconocer o adivinar otra referencia u homenaje (a veces claras, otras más escondidas) en cada una de sus obras. Creo que su filme más completo es Inglorious Basterds y que el tiempo la pondrá en el sitio que merece en una historia del cine que aún es corta pero ancha. Sin embargo es Pulp Fiction (1994) la película que, con el paso de los años, sigue aumentando la cifra de legionarios del director nacido en Tennessee.

Y es que al margen de gustos – o quizá como explicación a estos – a Tarantino hay que reconocerle su labor de mantener el cine como una moda constante, enganchando cada vez a más y más gente. Pero la vasta cultura de este chiflado no abarca sólo lo referente al cine sino también a la música, que asume un papel de lo más relevante en todas sus películas.

Aunque debería ser harto complicado quedarse con una entre tantas escenas donde la música cobra tanto protagonismo como los actores, lo cierto es que una me ganó para siempre y por razones tan obvias como meritorias: genial puesta en escena, preciso juego de espacios, magníficos intérpretes y una versión escandalosamente pegadiza y oportuna del clásico de Neil Diamond Girl, yo’ll be a woman soon a cargo de la banda Urge Overkill.

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