24 Canciones a 24 Fotogramas / Nº 3

Vale que el western es un género nacido en los Estados Unidos. Pero lo cierto es que casi todos nos hemos enamorado de este género por culpa de un talentoso director italiano llamado Sergio Leone. Su trilogía del dólar (rodada y estrenada en sólo tres años, menuda hazaña) es un puto disfrute para cualquiera que tenga un mínimo de sangre en las venas.

No puedo renunciar a ninguna de las tres partes pero, por motivos emocionales muy ligados a mi infancia, siempre diré que mi favorita es la última entrega titulada Il buono, il brutto, il cattivo (1966). Cuando era pequeño odiaba todas las pelis del oeste porque no entendía un carajo. Todas menos esta.

Desde niño he viajado infinidad de veces a Almería por motivos de salud y también para veranear. Siempre que pasaba por el desierto de Tabernas me quedaba embobado con el paisaje pensando en la cantidad de vaqueros rubios, feos y malísimos que tenía que haber por ahí sueltos pegándose tiros para conseguir el oro. Si Leone había venido a grabarlo sería por algo.

El día que cumplí quince años mi padre me llevó con mi hermana y un amigo al Far West Leone de Almería. Todavía lo recuerdo como si fuera ayer: flipaba con los escenarios y con las recreaciones típicas de las películas del oeste. Incluso me disfracé de indio porque era el único traje que me quedaba bien, aunque la verdad nunca he visto un indio gordo en ninguna peli.

Ha pasado un buen puñado de años y he disfrutado mucho con al menos una quincena de westerns. Pero en ninguno de ellos había un rubio tan rubio como Clint Eastwood, un feo tan feo como Eli Wallach ni un malo tan malo como Lee Van Cleef. Seguiré viajando muchos más años a Almería – ojalá – y lo primero que me seguirá viniendo a la cabeza será la música de Ennio Morricone.

Tarantino dijo una vez que Il buono, il brutto, il cattivo es la película mejor dirigida de la historia. No sé si está en lo cierto pero tampoco debe andar muy desencaminado. Algunas de las escenas que tengo grabadas en mi retina me parecen de las más brillantes que he visto nunca.

La escena final comienza cuando el feo Eli Wallach llega al cementerio y busca desesperadamente una tumba con el nombre de Arch Stanton. La realización es sumamente prodigiosa, viva y acertada. El montaje apoteósico. La música vale su peso en oro.

Para verla una y mil veces, amigos.

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