La buena nueva

Cada año que acaba pienso que ha sido el mejor de mi vida, y esta vez no podía ser menos. Pero teniendo en cuenta que cada año que acaba siempre es superado por el siguiente, no puedo hacer otra cosa mas que recibir el 2011 con impaciencia y mucha, muchísima curiosidad. El nuevo año promete ser intenso porque sí.

Es cierto que 2010 ha sido un año con demasiadas pérdidas irreparables para la sociedad en general y la cultura en particular. Muchos amigos se han ido sin decir adiós. Los actores Leslie Nielsen, Tony Curtis, Manuel Alexandre, Dennis Hopper, Antonio Ozores, Antonio Gamero y Vicente Haro. Los músicos Enrique Morente y Solomon Burke. Los directores de cine Luis García Berlanga, Claude Chabrol y Blake Edwards. Los productores Dino de Laurentiis, David Brown y Paco Marsó. Los escritores Miguel Delibes y José Saramago. Los presentadores de televisión Jordi Estadella y Luis Mariñas. Incluso nos duele la ausencia de un político como José Antonio Labordeta.

Nos los arrancaron de cuajo sin permiso y el traje de luto se nos va quedando chico ante tanta pérdida. El individuo no debería tardar demasiado en darse cuenta de cuánto ha perdido en tan pocos meses. Las tristes pérdidas de 2010 no tendrán el mismo efecto a corto que a largo plazo. El enorme agujero que dejan muchos de estos personajes en nuestra sociedad se irá haciendo más grande a medida que sigan desapareciendo artistas de los que llenan y se vayan abriendo paso otros que simplemente rellenan.

Suerte que aún quedan muchos hombres y mujeres cuyas obras siguen sobreviviendo a tanto despropósito y mercadeo pseudocultural. Y aunque siempre conviene recordar a quienes se van, lo justo es que sigamos disfrutando de todo aquello que nos dejaron y, sobre todo, de todo lo nuevo que nos siguen regalando esos hombres y mujeres ávidos de contar historias a través de los distintos canales de comunicación y difusión.

Tal es el caso de Terrence Malick, uno de esos grandes directores que, pese a prodigarse más bien poco o nada, siempre que lo hace nos deja un buenísimo sabor de boca. La visión de Malick sobre la realidad es la de un bicho raro en toda regla, sí, pero no es esta la que le convierte en alguien a tener en cuenta sino la forma en que se sirve de ella para enfocarla después con precisión milimétrica en sus historias.

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