Aves carroñeras

 

Que sí, que es verdad que nuestras distribuidoras no lo tienen nada fácil en un mercado lleno de trampas creadas por ministros infames que quieren matar el cine a toda costa. Pero también es verdad que gran parte de las distribuidoras nacionales están bajo la tutela de profesionales sin oficio, amor ni tacto hacia los protagonistas de este negocio: los creadores, las películas y, cómo no, los espectadores.

Sirva como prueba del desastre el hecho de que un individuo tan colosal como Philip Seymour Hoffman (me pongo de pie) tuviese que mudarse al otro barrio para que una distribuidora de este cruel país se decidiera a traer la única película que dirigió hace cuatro años.

Bendito filón la muerte. Como aves carroñeras, no nos gana “naide”.

El caso es que esta tarde he tenido la fortuna de poder disfrutar, por fin, de este magnífico filme llamado Jack goes boating. Pataleo y me niego en redondo a nombrar el bochornoso título en castellano con que su distribuidora ha decidido rebautizarla. Para mearse en la cara del iluminado de turno, oigan.

Benditos sean quienes hacen de la sala un lugar mejor que la vida.
Malditos quienes no quieren que el cine tenga mejor butaca en la vida.

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