Cuestión de orgullo y humor

A pelotas no nos gana nadie. Ni a raquetas. Ni a bicicletas. Hay que ver qué buenos somos los españoles. No hay quien pueda con nosotros y mucho menos los franceses, que no suman títulos desde antes que Zidane colgase las botas. La envidia de nuestros vecinos es para mear y no echar gota en bote sospechoso. Lo que peor llevan es que los españoles, calvos, pequeñitos y con bigote, siempre inferiores en todo, se lo lleven crudo en el deporte, filetes incluidos.

En España somos muy de orgullo. Tiramos de él con una facilidad pasmosa, eso sí: solo cuando nos interesa y no siempre cuando deberíamos. Da igual que el país esté en paños menores y que a Europa le importemos menos que a Ortega Cano un anuncio de la DGT. Al personal le importa un rábano que socialmente estemos acabando con todos los derechos que tantísimo costó ganar a generaciones anteriores, esas que las pasaron putas de verdad hasta conseguir lo que ahora entendemos como lujo prescindible. Nuestras ‘comodidades’ sociales se ganaron en la calle y es en ella donde hay que defenderla si no queremos que nos las quiten en los despachos como hacen los franceses con los títulos y méritos de Alberto Contador.

Qué sobrevalorado está el orgullo en este país y qué fácil es llenarse la boca con él. Qué grima dan a veces ciertas cosas que pasan en esta nuestra comunidad. Presumimos de ser los primeros en el deporte y hacemos bandera de personas que son lo que son por méritos propios mientras nos dejamos pisotear y ningunear por otros individuos que están donde están por obra y gracia del espíritu electoral. Cuando los deportistas ganan, ganamos todos. Cuando los políticos ganan, perdemos todos. Pero qué importa. Enfadémonos con quienes hacen broma con el deporte, total a quién le interesa la política. Solo manejan nuestro dinero a sus anchas con toda impunidad y desconsideración. Y ojo porque el votante sigue viendo solo la paja en el ojo ajeno. Cada uno a su trinchera, no vayan a pensar que tenemos pensamiento propio.

Causa vergüenza propia escuchar a la masa clamando al cielo y haciendo guerra dialéctica contra toda la nación gala a causa de unos muñequitos de látex que hacen bromitas sobre el doping y nuestros deportistas. Lo mejor de todo es la facilidad de dicha masa para dejarse influenciar por la leña mediática pasando por alto lo más importante de todo este asunto: su contexto, un espacio televisivo de humor. Que los españoles critiquemos a rabiar no significa que tengamos sentido crítico. De hecho no tenemos el más mínimo y, para colmo, nuestros vecinos de arriba, sin estar pasando por el mejor de sus momentos, nos siguen dando un fuerte repaso en ese y otros muchos aspectos sociales, económicos y culturales.

He leído por ahí: ‘¿Soy español, a qué quieres que te gane?’ Patético, rancio y profundamente ignorante. Qué prisas tenemos siempre por retratarnos tal como somos. Da igual que estemos patas arriba, que nos sigan sacudiendo y que las monedas sigan cayendo en las manos de los de siempre. Aquí seguimos, calladitos contra las injusticias y alzando la voz contra el primero que nos toca el orgullo patrio. Mola mucho más ser español que francés, dónde va a parar. Además nosotros tenemos mucho más sentido del humor que los franchutes. Por eso nosotros nos cargamos a los guiñoles hace años. ¿Nos acordamos o nuestra memoria es tan selectiva como nuestro orgullo?

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